martes, 13 de enero de 2009

Te CuenTo Mi CueNtO (HoRa TerCera de LA NoeVela)

Ahora estoy a punto de padecer una muerte lenta y dolorosa.


Estoy volando, y es una sensación hermosa. Mis alas desplegadas son enormes, mis plumas son tan blancas como la blancura misma y mi pico es de una belleza utópica. Soy un pato precioso.
Estoy volando sobre una laguna, desciendo calmadamente. Mis patas tocan el agua, ahora lo hace mi cuerpo, bebo del agua. No siento que el agua me moje, ni su temperatura. Es agradable.
Con mi pico alcanzo todo tipo de insectos. A medida que despego, veo salir a miles y cientos más patos de entre las totoras. Bebo el último sorbo de agua y ya estoy en condiciones de seguir mi camino, mi viaje sin rumbo. Trato de seguir mi instinto, mis patas se mueven con velocidad y ¡Sí!, ¡Estoy despegando! De a poco me elevo y vuelvo a sentir la brisa entre mis plumas.
Estoy perpleja ante la vista que tengo a mi alrededor para disfrutar. Los campos están verdes, los molinos giran. De las chimeneas sale ese humo tan peculiar y que tanto me recuerda a la cocina a leña de la casa de Doña Fernanda. Recuerdo la llegada de toda la familia, la reunión en torno a al calor de ese hogar en la esquina del comedor de piso de ladrillos. La carretilla roja cargada de leña a un costado de la galería. Los mates y los buñuelos. Los gritos… ¡cómo los extraño!. Ya no sé nada de ellos, no sé si viven siquiera los más ancianos. Desde que me fue de mi casa buscando un futuro mejor fui perdiendo el contacto.
Mientras pienso no dejo de mover mis hermosas alas. Me pregunto si mi nuevo sueño no será acaso, volver a verlos, buscarlos en el campo, saber cómo están.
Inmediatamente, y si saber cómo ni por qué, viro hacia el este y emprendo mi viaje en busca de mi nuevo sueño. Estoy sobrevolando una laguna, pero no tengo ganas de parar, sigo viaje. Aleteo con más fuerza, no estoy cansada. Estoy pasando por un descampado enorme. No veo a nadie, así que no corro riesgos.
De pronto, ¡Algo acaba de golpear mi ala izquierda!, ¡no puedo planear!, me estoy cayendo en círculos. Mi temor aumenta. Quiero pedir ayuda, pero ignoré a los otros patos del camino y tomamos distintas direcciones. De mi pico sólo salen unos cuantos “cuaks”, pero no puedo hacer nada más. Estoy sola cayendo desde una altura tremenda. Resignada dejo de luchar, caigo a más velocidad y sigo sin ejercer fuerza alguna. A veces el no arriesgarse es el peor riesgo.
Ahora estoy a punto de padecer una muerte lenta y dolorosa.

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