Ahora sé que es el remordimiento el que se hace presente en el momento más (o menos) indicado, pero que está invitándome a pedir perdón.
-No puedo creer que me convertí en un pato. Recuerdo el momento en el que volé y realmente fui feliz. Mi recuerdo es en blanco y negro, aunque tengo muy en claro que lo viví en colores. Sé que debo callar lo vivido porque nadie me creería- Pienso en la habitación de este lujoso hospital de algún lugar.
Creo conocer este sitio, pero aún no logro discernir entre lo que vivo y creo haber vivido.
Realmente odio sentir esto.
El sudor frío corre por mis manos, el ruido del pasillo parece hacerse cada vez más fuerte, un sonido extraño que a cada instante repite “pi” me está volviendo loca. Mis oídos parecen explotar ante tal bullicio, ante cada “pi”, ante cada pregunta, ante cada respuesta. Me gustaría gritarles que se callen. Pero por más que lo hago nadie parece escucharme. Vuelvo a gritar -¡¡Callensé!!-, no obtengo respuesta alguna. Siento un taladro que se adentra en el interior de mi cabeza, un zumbido constante que me hace delirar del dolor. Quiero que el silencio cese pero a nadie parece importarle lo que me sucede, soy tan poca cosa ante semejante ruido.
Ahora está entrando una enfermera a la habitación, se está acercando a mí. Está estirando su brazo derecho hacia mi cuello, ¡va a tocarme!... su mano se acerca… me va a golpear (le grito pero no me escucha) de repente veo que su mano me traspasa y acomoda el cubrecama por debajo de la almohada para que quede bien tendida la cama. Me acabo de dar cuenta que estoy flotando sobre la cama. -¿Soy un fantasma?- me pregunto entre gritos y fuertes palpitaciones.
Trato de no pensar y de esperar a ver que pasa. La enfermera le deja un plato con zapallo hervido y un vaso con agua a mi nuevo compañero de habitación y se va. Mi compañero es un anciano de unos ochenta años. Me hace acordar a mi vecino Juan Carlos Amado, un anciano de muy mal genio cuya mayor preocupación es que mi televisor se apague a las diez de la noche porque sostiene que se escucha el sonido tras las paredes. Recuerdo una vez que me pidió que apague la radio de muy mala gana y yo le subí el volumen al máximo. Desde ese día hasta el día de hoy le he hecho la vida imposible.
Hoy me gustaría poder estar ahí para pedirle perdón por mis actitudes. Pero tengo miedo de no poder revertir mi situación actual y quedar en este estado por siempre.
De pronto la habitación se quedó a oscuras. Estoy viendo una pequeña luz que va y viene, sube y baja… parece que me quiere marear y de hecho lo está logrando. El dolor de mi cabeza está cesando, aunque ahora siento que el cuerpo se me duerme, los ojos se caen, la boca se abre y la saliva no puede mantenerse dentro de mi boca, me estoy mojando. La pequeña luz desapareció. Esta todo negro. No puedo hallar la solución a lo que vivo y la imagen de mi vecino se me representa a cada instante de manera cada vez más descontrolada, las lágrimas caen solas desde mis ojos y estoy comenzando a sentir algo que no puedo explicar. Una voz que no sé de donde sale me está diciendo que eso se llama remordimiento, y que no es mas que una sensación que no estoy acostumbrada asentir. Siento como la electricidad corre por mi cuerpo, como los shocks me duelen más y me despiertan los miembros de mi demacrado cuerpo. Veo luz, mis ojos atinan a cerrarse por tanta claridad.
-La recuperamos, tiene pulso- escucho.
Nuevamente los “pi” que antes me aturdían se hacen presentes para hacerse eco de que realmente estoy viva. Con mis ojos cerrados me dispongo a descansar tranquilamente sabiendo que ni bien salga de aquí, iré a disculparme con Juan Carlos. Ahora sé que es el remordimiento el que se hace presente en el momento más (o menos) indicado, pero que está invitándome a pedir perdón.
sábado, 24 de enero de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario