-¡No te aguanto más!- grité, y luego de un fuerte portazo caí.
“Al fin en casa”, pienso al cabo de una hora y media de caminata por las lúgubres calles de la ciudad en la noche.
Entro a mi habitación, está un poco desordenada, me saco la campera y la dejo sobre la silla de la cómoda. La cama esta deshecha y los almohadones tirados por doquier.
Son las tres y media de la madrugada y hace frío, estamos en mayo. No tengo ganas de ordenar, me voy a dormir.
“Otro días más y respiro”, me digo para mi misma a las siete de la treinta cuando el despertador acaba de sonar. Realizo mi rutina matutina y me dirijo a la oficina (soy gerente bancaria).
Encontrar un taxi a esta hora de la mañana me resulta traumático. Ahí viene uno...
-¡Taxi!- grito con todas mis fuerzas hasta sentir arder mi garganta una y otra vez. El taxi no se detiene.
-¡Taxi!- le grito a un segundo coche que pasa, la carraspera de mi garganta ya se hace notar, pero este auto se detuvo.
Me estoy subiendo al coche, es amarillo y negro como cualquier taxi de Buenos Aires. Está un poco sucio pero no le doy importancia, trato de no apoyarme del todo en el asiento. Miro al taxista y pienso que el auto así y todo, podría estar más limpio que él. No puedo creer que un hombre así preste un servicio de tal magnitud. El hombre no parece ser demasiado alto, pero sí puedo denotar debido al grosor de sus brazos y de su cuello, que es una persona un tanto obesa. No quiero mirarlo mucho, trato de evitar que piense que me interesa. Es morocho. Ya le dije hacia donde quiero ir, pero me lleva por un camino que desconozco.
-Señor-, le digo, -es para el otro lado.
Me mira y se sonríe. Ahora su mano está adentrándose en su rosado bolsillo del pantalón. No entiendo qué pasa, siento que mi cuerpo comienza a transpirar. Miro el reloj y descubro que estoy atrasada, lo miro nuevamente y las agujas no se mueven. De repente el segundero cambia de posición. ¿Mi reloj anda mal o el tiempo está detenido? Tengo miedo, no se lo quiero demostrar. Vuelvo mi mirada hacia la mano que se encuentra en su bolsillo, está sacando algo. Siento que mi cabeza me pesa y que en cualquier momento me voy a desmayar. Rezo porque lo que estoy viviendo sea un mal sueño, pero lo dudo. Bajo el vidrio de la ventanilla del coche para tomar aire. Siento cómo el color debe volver a mis mejillas, pero aún sigo sin saber dónde estoy y hacia dónde voy.
Su mano sigue en el bolsillo, ahora puedo ver que saca algo negro y un tanto brilloso. Se me está nublando la vista y no consigo ver qué es. Temo porque sea un arma. Se voltea hacia mí y vuelve a sonreír. Me siento desvanecer, le estoy pidiendo que detenga el coche aun sin saber que tiene en su mano. Agarro la cartera, la estoy abriendo para pagarle, mi corazón no para de bombear, cada vez con más fuerza, siento como que se me estuviera por salir. No le pregunto cuánto le debo, siento que estuve una eternidad arriba del auto. Le alcanzo un billete de cincuenta pesos con mi mano temblorosa. No quiero vuelto. Como puedo y con las pocas fuerzas que tengo estiro la manija de la puerta del taxi para abrirla y salir de allí. Mis pocas fuerzas son escasas y el taxista se dio cuenta, pasa su mano por detrás del asiento delantero que está a su derecha. No sé qué hacer, quiero gritar y no me sale la voz, una de sus manos no tiene nada, pero la otra sí… esa cosa negra. Quiero llorar pero no me salen las lágrimas, me falta el aire y la taquicardia se hace más notoria. Me siento cada vez peor, no sé donde ni con quién estoy. Me recuesto sobre la puerta, ya no me interesa que esté sucia. Al fin se abre. Medio mareada y como puedo logro bajarme. El taxista se ríe.
-¡No te aguanto más!- grité, y luego de un fuerte portazo caí.